¡Por los pelos!

Una de las cosas más particulares de la abuela era su increíble peluquín rojo. Se lo tocaba constantemente para asegurarse de que estaba bien sujeto. Si tenía alguna duda, solo necesitaba medio bote de laca para que no se moviera de su sitio. Olía fatal. Sólo se lo quitaba para dormir y lo dejaba en un cojín de satén que tenía en su mesita de noche.

Cuando se acercaba a besarnos teníamos que contener la respiración. Un día, mi hermano Daniel respiró antes de tiempo y casi se ahoga. Olía a huevos podridos y su bigote pinchaba.

Aun así, nos gustaba estar con la abuela. Nos colmaba de golosinas y no nos ponía normas. Nada más llegar a casa se sentaba en el enorme butacón del comedor, ponía sus hinchadas piernas sobre el taburete y nos decía que fuéramos a jugar al patio. Nunca nos obligaba a hacer los deberes.

Aquel fin de semana mamá y papá estaban de viaje y la abuela se quedaba con nosotros. Daniel y yo habíamos estado bebiendo horchata toda la tarde y jugando al Scalextric. A medianoche me desperté con muchas ganas de hacer pis. Tenía mucha sed y fui a la nevera a por agua. Al abrirla, no di crédito a lo que encontré: el peluquín de la abuela estaba allí, entre la lechuga y los tomates. Parecía inmóvil, pero cuando estiré el brazo para coger la jarra se movió hasta el fondo de la nevera. Aún estaba un poco dormido y me costó reaccionar, pero cuando vi como cogía la lechuga y la ponía delante suyo como si fuera un escudo, se me cayó la jarra al suelo del susto. Por suerte no se rompió, pero sí que hizo el suficiente ruido como para despertar a Daniel, que vino alarmado a la cocina. La abuela dormía con tapones y no se habría enterado aunque hubiese entrado un elefante en casa.

—¿Qué pasa Roberto? ¡Qué susto me has dado! – exclamó mientras arrastraba las zapatillas de estar por casa.
No fui capaz ni de gesticular. Con el dedo tembloroso le señale el peluquín, que seguía dentro de la nevera. Daniel se puso blanco como la cera.
—Esto…es….est..esto es….. — balbuceó.
—El peluquín de la abuela, sí.

Daniel estiró el brazo para cogerlo y éste, con una rapidez asombrosa, salió volando de la nevera y se fue por el pasillo a toda velocidad. Nos miramos el uno al otro y cuando quisimos seguirlo ya lo habíamos perdido de vista.
—¡Si la abuela despierta y no ve su peluquín le dará un infarto! – exclamó.
—Hay que encontrarlo cuanto antes – respondí.
Preferíamos no pensar en lo que podía pasar si la abuela se despertaba por la mañana y encontraba el cojín de satén vacío.

Rastreamos toda la casa: debajo de las mesas, dentro de las estanterías, en el armario… ¡incluso debajo de la alfombra! No había ni rastro de él.
—¿Qué hacemos ahora? — preguntó Daniel angustiado.
De repente, empezamos a oír un llanto que venía de la habitación de juegos. Nos miramos y fuimos directos hacia allí. No vimos nada, pero el llanto seguía. Desde lo alto, un par de gotas cayeron sobre la alfombra.
—¡Mira en la lámpara! – le dije a Daniel – ahí está.
Entre sollozos y camuflado como podía, el peluquín lloraba, preso de un grupo de polillas.
—¡Súbeme a hombros! – dijo Daniel – así conseguiré cogerlo.

Dicho y hecho, nos pusimos manos a la obra y Daniel se subió a mis hombros. Nos tambaleamos hacia delante, hacia el lado y de nuevo hacia delante, hasta que finalmente Daniel pudo sostenerse en la lámpara. Cuando consiguió rozarlo con los dedos, el peluquín salió disparado de nuevo. Daniel empezó a perder el equilibrio, y aunque yo intentaba mantenerlo, pesaba mucho y me hacía daño en los hombros. Justo cuando recuperaba la postura tuve la mala suerte de pisar un coche del Scalextric.

—¡Auuuch! — grité, y al levantar el pie para calmar el dolor, nos caímos de bruces al suelo.
—¡Catapum! — el ruido se oyó por toda la casa. Fue tan fuerte que hizo temblar el suelo.
—¡Siempre dejas los coches en medio! ¡Si hubieras recogido no me habría tropezado! – le dije. Estaba muy furioso y el pie me dolía cada vez más.
—¡El coche rojo es el tuyo carapán!
De golpe empezamos a oír un ruido. “rrrrr….zzzzz…rrrrr…zzz”. Parecía que paraba, pero al cabo de unos segundos se oyó más fuerte «rrrr…zzz…rrrr…zzzz”. Eran los ronquidos de la abuela. “Bssss…Gazpacho…Gazpacho…ven…bssssss…”

Daniel y nos miramos y nos empezamos a reír, tanto que se nos olvidó el enfado.No era la primera vez que oíamos a la abuela hablar en sueños. Gazpacho era su gato. Era viejo y gordo y le caía mal todo el mundo. Le había llamado así porque era de color naranja chillón. Sólo dejaba que la abuela lo tocase. Siempre se sentaba encima de sus rodillas.

—¡Ayyy! — grité. El pie se me estaba poniendo cada vez más rojo. Daniel también se llevó la mano a la cabeza. Le estaba saliendo un chichón enorme en la frente.
—Vamos a por hielo— le dije mientras nos levantábamos de nuevo hacia la cocina. Mamá siempre dejaba bolsas de hielo en el congelador para cuando nos hacíamos daño.
—¡No hay ninguna! — dijo Daniel con decepción — su chichón se volvía más grande a cada segundo.
Empecé a remover los cajones del congelador.
—Supongo que esto nos servirá — dije mientras sostenía dos bolsas de guisantes congelados en la mano.
—Seguro que sí. Con que esté frío ya basta. Además, si se descongelan no tendremos que comérnoslos — dijo con voz traviesa —¡Mira Roberto!—dijo señalando la puerta que daba al patio. Estaba abierta.
—Vamos— dije mientras sostenía como podía la bolsa de guisantes en mi pie. No me quedó otro remedio que andar a la pata coja. Daniel había cogido una linterna del comedor e iba primero.

Tener que ir rápido y a la pata coja no resultaba fácil. Encima había llovido y el patio estaba encharcado. Los calcetines se me empaparon de agua. Odiaba tener los calcetines mojados casi tanto como Daniel odiaba los guisantes. Al llegar a la maceta de los geranios vimos algo que temblaba detrás.

—¡Aquí está! — exclamó Daniel.
—¡Chhsss!…lo asustarás. Ya ha salido corriendo de nosotros dos veces — le recordé.
Daniel le tendió la mano, pero le esquivó.
—No queremos hacerte daño— le dijo — Sólo queremos ayudarte.´

Finalmente se dejó coger. Mi hermano había cogido una pinza del tendedero y se la había puesto en la nariz. No tardé en arrepentirme de no haberlo hecho yo también.
Entonces el peluquín empezó a hablar con un tono de voz muy agudo y tan rápido que a penas podíamos entenderle:

—¡Estoy harto! No para de asfixiarme con su laca y sus perfumes. No recuerdo la última vez que me lavó. Y cuando hace calor es tan insoportable… no para de rascarse… ¡Me hace daño!¡La cabeza le suda muchísimo! Por eso a veces me escondo en la nevera. Por lo menos ahí estoy fresquito.

Después de aquella noche lo que menos nos sorprendió es que pudiera hablar.
—¡Te daremos un baño! – exclamé – y con la ayuda de Daniel nos pusimos manos a la obra. Llenamos la bañera y le echamos tanto jabón que al meter el peluquín casi no lo veíamos de tanta espuma que había.
—¡Sssí!…¡Ohh!…¡Mmmm! ¡Qué gustito!
Daniel y yo no pudimos evitar reírnos. El agua se volvió gris y luego verde.
—¡Puaaaaj! – exclamamos, llevándonos los dedos a la nariz.
—¡Sssí!…¡Ohh!…¡Mmmm! ¡Qué gustito! — repetía sin parar.
Al cabo de un rato sacamos el peluquín del agua. Lo secamos con la toalla y no paraba de reír. Le hacíamos cosquillas. Por fin ya no olía a huevos podridos.
El cielo empezaba a clarear y con mucho cuidado, entramos en la habitación y lo dejamos en el cojín de la mesita de noche. La abuela despertó al cabo de unos segundos. Lo primero que hizo fue asegurarse de que el peluquín estaba en su sitio.
—¡Vaya, que buen aspecto tienes hoy! – le dijo orgullosa mientras se lo colocaba en la cabeza.
Daniel y yo respiramos aliviados. Todo había salido bien. ¡Menuda noche!
—¡Por los pelos! – dijo Daniel, mientras ambos estallamos en carcajadas.

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