Era la víspera del décimo aniversario de Miguel, y como a cualquier niño, le encantaba celebrar su cumpleaños. Diez años no eran cualquier edad. Sin embargo, eso no era lo que más le entusiasmaba, sino la promesa que le había hecho su madre: le desvelaría el secreto de las flores de asfalto. Un secreto guardado con el mismo recelo que un truco de magia.

Todo empezó un día paseando por la calle en el que vio una flor blanca brotando a través del asfalto. A pesar de tener un tallo finísimo, su firmeza llamaba la atención, pues parecía bien encomendada a su tarea a pesar de las adversidades. En un clima como aquel, donde la contaminación de los coches y los residuos abundaban en calles y avenidas, Miguel pensó que sólo podía esconderse un mundo mágico bajo el asfalto para crecer con ese ímpetu.

La flor desprendía, además, un olor a ganas de vivir. Era tan embriagador que Miguel sintió que le envolvía, impregnándole por completo desde la coronilla hasta los dedos de los pies. Miró a su alrededor en busca de personas que también se hubiesen parado, cautivadas por su aroma. No obstante, los transeúntes andaban determinados en su paso pero perdidos en su rumbo, y no eran capaces de apreciarlo. Solo había una persona agachada de rodillas ante la flor que parecía experimentar una sensación similar a la suya.

– ¿Tu también lo hueles, mamá?

– El olor a ganas de vivir es un olor que no debemos olvidar – respondió su madre tendiéndole la mano para seguir el camino.

A Miguel, sin embargo, había algo más que le inquietaba.

¿Cómo sobreviven?preguntó preocupado, pues para ello necesitaban mucha tierra y agua, y dudaba de que eso abundara bajo el suelo de la ciudad.

–Ayudando a quienes tienen el corazón agrietado. Eso les da vida.

–¿El corazón agrietado? – preguntó Miguel con incredulidad.

–Hay personas que han sufrido mucho dolor y su corazón, incapaz de soportar el peso del sufrimiento, se ha agrietado para no sentir.

– ¿Y cómo les ayudan?

– Enseñándoles que son capaces de sentir de nuevo. Que incluso de las grietas más profundas pueden brotar cosas hermosas. Igual que hacen ellas.

–Pero…¿cómo?

–Se desplazan con sigilo por las calles cuando nadie las ve hasta dar con aquellas personas que más lo necesitan.

– Se…¿desplazan? – preguntó Miguel sin comprender – ¿y sus raíces?

–Son tan finas que parecen casi invisibles. Así pueden moverse libremente, y para volver a casa sólo tienen que seguirlas.

Miguel se quedó atónito. La idea de que las flores pudieran desplazarse le parecía una revelación increíble.

–Yo quiero ver a dónde van.

–Tenemos que seguir sus raíces para descubrirlo. En la superficie son hilos prácticamente invisibles.

–¿Y cómo los veremos?

–Gracias al rocío de la mañana, donde las gotas de agua aún estarán posadas en sus hilos, medio adormecidas. Será como seguir el rastro de un collar hecho de perlas de agua.

–Entonces…¿tú sabes a dónde van?

–No es tanto a dónde van, sino lo que hacen. Es algo que te toca descubrir por ti mismo.

–¿Cuando? – preguntó Miguel con impaciencia.

–Mañana.

Miguel apenas durmió aquella noche, pues a cada rato se desvelaba preguntándose que hacían las flores del asfalto cuando nadie las miraba.

Cuando despertó la mañana siguiente miró por la ventana y vio como las gotas de rocío brillaban como motas plateadas sobre el césped mientras el sol se desperezaba poco a poco. Miguel sonrió y un par de golpes llamaron a su puerta.

–¿Listo? – preguntó su madre mientras Miguel se metía de un salto en sus pantalones y camiseta.

–¡Listo! – respondió con energía.

Madre e hijo pusieron rumbo a la gran avenida de la ciudad, donde poco a poco empezaban a circular los coches de primera hora de la mañana. Cuando aproximó la vista al asfalto vio cuatro gotas que parecían suspendidas en el aire, una tras otra, colocadas en una perfecta secuencia.

–¡Mira mamá! ¡Lo encontré! – exclamó con orgullo. De nuevo, el embriagador olor le rodeó por completo y sintió como los pulmones se le llenaban de aire y vitalidad.

Su madre le miró satisfecha y se pusieron en marcha. Una vez detectado el hilo no resultaba difícil de seguir, excepto los sitios donde había sombra, pues ahí el haz de luz no les permitía ver con tanta claridad su recorrido. Por suerte, eran pocas las ocasiones que tomaba rutas de este tipo, pues como toda planta, la luz solar era su prioridad.

El hilo les condujo a una pequeña plaza en la que algunos negocios empezaban a levantar sus persianas. Miguel no apartaba la vista ni un instante, temiendo que al hacerlo fuera a desaparecer.

El hilo atravesó una zona de sombra en la que era más difícil seguir el rastro, así que decidió agacharse para estar lo más cerca posible del suelo y poder seguirlo a pesar de la ausencia de luz. Una mezcla de olores le invadió de pronto y al alzar la cabeza vio que un mar de flores le rodeaba. Orquídeas, jazmines, rosas, lirios y tulipanes cubrían la entrada de una pequeña floristería anunciada en un rótulo blanco.

Sin embargo, a pesar de que el dulce aroma impregnaba el espacio de belleza, a Miguel le faltaba identificar el olor más característico de todos: el de ganas vivir. Entre las flores había perdido el rastro del hilo por completo, y a partir de este momento lo único que le podía guiar al secreto que tanto ansiaba descubrir era ese olor. La misión se volvía difícil, pues el aroma se perdía entre todos los demás.

Miguel suspiró, abatido, recostando la espalda en uno de los muebles de la tienda. Su madre le había animado a adentrarse en solitario. La floristería estaba en absoluto silencio hasta que se oyeron ruidos en la trastienda. De ella salió un hombre de poblado bigote y rostro afable con un delantal verde. Llevaba un lirio blanco en la mano, envuelto en papel de seda, y se dirigió a la entrada dando pequeños pasos. Miguel decidió seguirlo, olvidándose del hilo. Sin entender muy bien de dónde, el olor de las flores de asfalto había regresado.

Una señora de pelo blanco miraba las plantas que había junto a la entrada. Tenía la mirada perdida y sus labios eran dos estrechas líneas que no parecían capaces de poner palabras a la pena que llevaba dentro.

–Buenos días, Pepa. Aquí tienes. Julián te desea un feliz día.– dijo el florista mientras le tendía el lirio. Al oír su nombre, el rostro de la señora cambió por completo, empañando su mirada de gratitud y tiñéndola de recuerdos que solo ella conocía.

El florista se despidió con un leve movimiento de cabeza y cuando la señora hubo marchado se agachó para recoger unas hojas secas que había en el suelo. Miguel siguió su movimiento con la vista y no pudo evitar dejar escapar un pequeño grito: de la punta de su zapato nacía un manojo de hilos blancos, aferrados al suelo, que se perdían tras la trastienda. Miguel abrió y cerró la boca varias veces, queriendo decir algo, pero no fue capaz de articular palabra.

–¿Te puedo ayudar en algo? – le preguntó el florista.

–Tú, eres….tú…–empezó Miguel sin saber muy bien como seguir.

El florista tomó su mano mientras éste le miraba con asombro y empezó a mover sus dedos sobre ella. Las líneas de su mano empezaron a moverse, entrelazándose unas con otras hasta formar un pequeño remolino. Miguel miraba absorto el espectáculo que se abría ante el, pues no conocía ningún truco de magia capaz de hacer eso. Tras unos segundos el remolino se disipó, dando lugar a una diminuta semilla que reposaba sobre la palma de su mano.

–Las líneas de la mano son únicas en cada uno de nosotros. Están cargadas de las intenciones con las que llevamos a cabo nuestros actos, lo que tocamos y creamos con ellas. La intención con la que utilices la semilla determinará el resultado que florezca de ella. Sabrás darle un buen uso, Miguel.

–¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó, incapaz de apartar la vista de la semilla que había aparecido en su mano sin una explicación lógica.

Sin embargo, ya no había rastro del florista ni del manojo de hilos, y el característico olor que había vuelto a impregnar el aire se había desvanecido de nuevo, dando paso al aroma de las decenas de plantas que llenaban el espacio con la vivacidad de sus colores. Agarró la semilla con fuerza en su mano, con el temor de que no existiera de verdad y que todo fuera fruto de su imaginación.

Al salir le explico a su madre lo que había pasado mientras ella le escuchaba con atención.

–¿Ya sabes lo que harás con ella? – le preguntó finalmente.

Miguel asintió. Al llegar al portal de casa, se acercó al banco que había en el parque de enfrente, pues en el había un hombre cubierto con una manta raída y con algunas latas vacías a su alrededor. Estaba encogido sobre sí mismo, pues era otoño y empezaba a refrescar. Inclinó la cabeza hacia abajo, buscando algún resquicio entre los adoquines que había bajo sus pies. Una vez dio con uno, dejó caer la semilla, con la esperanza de que sus intenciones, así como las flores de asfalto, ayudasen a todos los corazones agrietados.

Jamás habría imaginado el resultado de sus actos: a la mañana siguiente, un perro lamía con ímpetu al señor del banco mientras éste reía, olvidándose de sus circunstancias, pues el sentir que había aparecido un compañero leal con el que compartir sus aventuras le llenaba el corazón de alegría. De las pezuñas del animal salía un manojo de hilos blancos que se perdía entre la grieta de los adoquines, ligeramente levantados. Un truco del que Miguel seguía sin conocer el secreto, pero le bastaba con la magia.

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