El monstruo que no tenía corazón

Nadie sabía qué era ni de dónde venía. Solo que, desde que llegó, se había encerrado en la librería del pueblo y no había vuelto a salir. Por lo visto le encantaban los cuentos infantiles, pues pilas de ellos asomaban por las ventanas y sus carcajadas se oían a varias manzanas. A veces, incluso, hacían retumbar los cristales de las viviendas que había alrededor.

Un día un grupo de niños se acercó a curiosear. Sin embargo, cuando el monstruo (así le llamaban) oyó sus pasos tras las puertas de librería, rugió más fuerte que todos los leones de la sabana juntos, y estos salieron corriendo despavoridos. Una vez llegaron a la plaza del pueblo, un grupo de niños y niñas que había sentados en círculo se levantaron de un salto nada más verlos aparecer.

—¿Cómo es? — preguntaron los más pequeños.
—Enorme – respondió Samuel, un niño de cabello rizado, extendiendo las manos todo lo que le daban de sí.

Los más pequeños pusieron cara de asombro, pero no tardaron en pedir más explicaciones hasta generar un auténtico diluvio de preguntas: “¿Tiene los dientes afilados?” “¿Tiene cuernos?” “¿Y garras?” “¿Cómo son sus ojos?” “¿Es un monstruo?” “¿Come niños?” “¿Come libros?”

Entonces habló Miquel, un niño moreno que llevaba una gorra roja del revés:

—Sólo hemos visto su sombra—confesó. Los pequeños hicieron una mueca.
—¿Y cómo sabéis que es tan grande si no lo habéis visto? —preguntó uno de ellos arqueando la ceja.
—¡Porque su sombra llegaba hasta lo alto de la puerta! – exclamó Samuel ofendido.
—Por no hablar de su rugido—añadió Zeta, un chico muy delgado a quien todos llamaban así por su apellido—¡Aún se me ponen los pelos de punta!

En los rostros de los niños se dibujó la contrariedad. Tenían claro que era peligroso, de eso no había duda. Sin embargo, no estaban conformes con la idea de que alguien se hubiese apoderado de sus cuentos infantiles, ¡y menos un monstruo!

Miquel dio un par de vueltas sobre si mismo, ladeo la gorra hacia ambos lados y finalmente alzó la vista y miró a sus compañeros.

—Tenemos que volver—dijo decidido.
—¡Estás loco! – gritó Samuel llevándose las manos a la cabeza—¡Cómo vamos a volver, nos devorará!
—Tenemos que recuperar nuestros cuentos— insistió Miquel.

Todos callaron. En eso estaban de acuerdo. Echaban de menos acompañar a los héroes en sus aventuras página tras página. Hacia tanto tiempo que no sostenían un libro entre sus manos que incluso se habían olvidado de cómo olían las páginas de papel.

—¡No tiene corazón!—exclamó Zeta, a quien se le enrojecieron las mejillas.
— ¡Es injusto! – gritaron los más pequeños.

Sin embargo, nadie ofrecía una solución, y los días pasaban sin cuentos en los que refugiarse.
A pesar de la reacción de sus compañeros, Miquel decidió que le haría una visita al monstruo y hablaría con él. Quizás podrían llegar a un acuerdo. Su madre siempre decía que las cosas se solucionaban hablándolas. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Sintió una punzada de vértigo en el estómago. Realmente, un poco insensato sí que era. Ni siquiera sabía a qué se enfrentaba.
No obstante, por otro lado se sentía tranquilo. Si de algo sabía Miquel era de aventuras de caballeros, así que no dudo ni un instante que, si tenía que luchar contra el monstruo, una buena armadura sería su mejor aliada.

Cuando llegó la noche y todos dormían, Miquel entró sigilosamente en la cocina y abrió la estantería. Cogió el cazo más pequeño y se lo puso en la cabeza. Después fue al taller de papá, donde agarró cinta aislante y papel burbuja. Se cubrió los brazos y las piernas y después los revistió con papel de aluminio. Al acabar, dio unos pasos y sacudió el cuerpo hacia delante y hacia atrás, asegurándose de que estaba bien sujeto.

Rebuscó en el cajón de debajo de los fogones, donde estaban las tapas de las sartenes, y cogió las dos más grandes. Aunque fueran un poco pesadas, eran la parte más importante de su armadura, pues se encargaban de protegerle el corazón.

Una vez preparado se plantó frente a la puerta y respiró hondo. La abrió y entonces recordó que se le olvidaba lo más importante…¡la espada!

Pero en ese instante empezó a oír ruido en la habitación de sus padres, así que decidió salir a toda prisa, pues si le pillaban en plena misión todo se iria al garete. Que poco prudente, ¡salir sin la espada! A ninguno de los caballeros de sus cuentos se le habría ocurrido, eso seguro.

La librería estaba a tan solo una manzana de la casa de Miquel, pero el camino se le hizo eterno. Notaba un nudo en la garganta que se hacía más grande a cada paso, y caminar le resultaba tremendamente incómodo pues tenía que andar con las piernas muy abiertas para evitar que el papel burbuja chocase entre sí. El cazo que llevaba en la cabeza, además, le iba algo grande, por lo que a cada segundo se le caía hacia delante, dificultándole la visión.

Cuando llegó a la librería todas las luces estaban apagadas y no se veía nada a través de las ventanas. Se quedó parado unos segundos mirando el picaporte. Tragó saliva y dio un par de golpes a la puerta con los nudillos mientras notaba como el miedo le escalaba las piernas como pequeñas hormigas.

La puerta se abrió con un leve chirrido. Tras ella había una enorme sombra que no tardó en rugir lo más fuerte que pudo, tanto, que Miquel sintió como su aliento le peinaba el pelo de las sienes. ¡Incluso hizo que el cazo de su cabeza se moviese hacia los lados como un velero en un día de mar revuelto!

Miquel, sin embargo, no se movió. No sabía si porque sus piernas no le respondían o simplemente porque su deseo de recuperar los libros era mayor que el riesgo. El monstruo, entre sorprendido y asustado con la reacción de su visitante, se escabulló hacia el interior. Miquel le siguió y una corriente de aire cerró la puerta a sus espaldas.

Se le hizo muy extraño ver la librería en la penumbra absoluta. Solo una luz azulada iluminaba la sección infantil. A medida que se acercaba vio en el suelo montañas de libros desordenados que marcaban el camino. Miquel se dio cuenta de que todos ellos trataban sobre monstruos, como por ejemplo “Los monstruos más monstruosos” “Diez claves para conseguir la monstruosidad” “365 recetas de cocina para monstruos vegetarianos”.

Uno de ellos, “Adivina que monstruo eres”, tenía un punto de libro. Sin embargo, la página estaba arrancada. Miquel buscó el índice para ver si encontraba el contenido, pero cuando puso la yema del dedo y empezó a bajar en el listado, notó un cálido aliento en su nuca. Dio un respingo y se giró. Unos diminutos ojos marrones como granos de café le miraban con una mezcla de extrañeza y curiosidad. Sus dientes, lejos de ser unos temibles colmillos afilados, eran pequeños y estaban colocados desordenadamente en una enorme boca de lengua azul. Su cabeza se veía diminuta en comparación a su cuerpo, del que colgaban jirones de pelo de diferentes colores repartidos por su cuerpo, como si alguien hubiese tenido la traviesa idea de recolectar pelo en una peluquería y se lo hubiese pegado en el cuerpo. También tenía cuernos, pero eran muy pequeños, apenas del tamaño de un pulgar.

—Hola, me llamo Miquel.

El pequeño monstruo le respondió con un rugido. Esta vez, sin embargo, no era un rugido feroz, sino un rugido a modo de respuesta.

—¿Groll? -preguntó Miquel, queriendo asegurarse de que lo había entendido bien. El pequeño monstruo movió la cabeza hacia arriba y hacia abajo.
—Eres un monstruo muy raro—dijo Miquel— no había visto ninguno como tú.
Groll se encogió de hombros.
—¿Y tú familia? – le preguntó Miquel —¿Dónde está?
Groll, al oír esto, agachó la cabeza y se puso a sollozar. Miquel no supo que hacer. Su llanto era tan escandaloso que pronto se entremezclaron lágrimas y mocos.
A Miquel le entristeció verle así. Parecía un niño perdido y confundido.
—¿Por qué me has rugido al llegar, tenías miedo?
Groll replegó las piernas sobre el pecho y balbuceó algo.
—¿Te han intentado hacer daño? ¿Personas? ¿Alguien como…yo? — le preguntó mientras se señalaba a sí mismo. No obtuvo ninguna respuesta, pero la vista de Groll seguía clavada en el suelo—¿Sabes? en el pueblo dicen que no tienes corazón. Pero yo creo que no es verdad. Lo que pasa que tienen miedo. La gente tiene miedo a lo desconocido, ¿sabes? Y más si se trata de monstruos. Piensan que les van a comer.

Entonces el pequeño Groll estalló en una carcajada tan sonora que hizo que el suelo se tambalease. Después cogió uno de los libros y se lo mostró a Miquel. En su portada ponía “365 recetas de cocina para monstruos vegetarianos”. Miquel asintió con la cabeza, aliviado, pues era una muy buena noticia que darles a sus compañeros.

—¿Quieres volver a casa?

Groll asintió con euforia y al abrir la boca un diluvio de babas salpicó todo lo que tenía cerca, incluida la armadura de Miquel. Al fin le había resultado útil, aunque no fuera del modo que esperaba.

—Mi padre siempre dice que el hogar esta dónde esté tu corazón—dijo Miquel mientras señalaba el suyo.

Groll le miró sin comprender y Miquel le cogió la mano y se la puso sobre su pecho. Era gigante como la pata de un mamut. Cuando sintió los latidos dio un respingo y una sonrisa infantil se dibujó en su boca. Parecía que acabase de descubrir algo extraordinario.

—Tú también tienes. Aunque seas un monstruo. Todos tenemos—le dijo Miquel mientras le señalaba a Groll donde estaba el suyo, pues este empezó a buscarlo en su barriga. Cuando lo encontró abrió los ojos como platos.
—PUM…PUM…Groll…PUM PUM…—dijo al ritmo de los latidos.
—Mamá dice que un corazón feliz late con fuerza — dijo Miquel.
—Fuerza—repitió Groll sosteniendo el brazo en alto. Miquel vio que sostenía algo en el puño.
—¿Qué es eso?
—Hogar—respondió Groll mientras abría el puño y le enseñaba un pedazo de hoja arrancada.
—¡Es la página del libro “Adivina que monstruo eres”! —dijo Miquel recordando la pila de libros que había encontrado al entrar en la librería.
El papel estaba tan arrugado que costaba distinguir lo que había escrito.
—Molib…o monstruo…de..librería…—leyó Miquel entrecortadamente.

El texto decía así:

El monstruo de librería es una criatura de aspecto no definido, pues se forma a partir de los libros que lee y toma las características que le gustan. Tiene predilección por los cuentos infantiles. En general, suelen tener una apariencia imponente, pero su conducta tiende a ser muy infantil y sus feroces rugidos les ayudan a protegerse cuando se siente inseguros, pues alcanzan tal potencia que llegan a hacer que los cristales retumben y el suelo se tambalee. Viven en los libros, aunque ocasionalmente se escapan de ellos.

—Bueno, parece que no hay duda de que hablan de ti— dijo Miquel.

Groll bajó la cabeza con culpabilidad como haría un niño que sabe que ha hecho una travesura.
De pronto, a Miquel se le ocurrió una idea. ¡Y que gran idea! Sacó la libreta de su bolsillo y empezó a escribir bajo la atenta mirada de Groll.
Cuando finalizó, le enseñó lo que había escrito, pero la letra estaba tan amontonada en la pequeña libreta que no entendía nada.

—Tú leer— le dijo a Miquel. Y así lo hizo.

Y esque a Miquel no se le había ocurrido mejor historia que escribir que la de Groll, el monstruo de la librería, y contar el miedo que tenían en el pueblo hacia él, lo mucho que le gustaban los cuentos infantiles y lo temido que era su rugido. No obstante, la parte más importante de la historia, como no podía ser de otra manera, era cuando Groll había descubierto que, aunque fuera un monstruo, también tenía corazón. ¿Qué mejor sitio para volver que a la historia que se lo había recordado?

Cuando Miquel acabó de leer la última frase del cuento, Groll esbozó una sonrisa y empezó a empequeñecer hasta perderse entre las letras de la libreta. Se hizo tan pequeño que Miquel no supo si se había convertido en el punto sobre la i o en la virgilla de la ñ. De lo que estaba completamente seguro era de que Groll estaba ahí, pues cuando marchó de la librería y guardó la libreta en su bolsillo, ésta empezó a hacer algo inusual: latir con cada uno de sus pasos.

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