La curiosidad

Cuando hablamos de curiosidad pensamos en ese afán por querer entender aquello que nos rodea, experimentarlo y darle un sentido lógico que nos ayude a comprenderlo. La curiosidad es un instinto natural, pues de bien pequeños ya sufrimos un abrupto cambio en lo que es (o era) nuestra zona de confort: pasamos de estar en una cómoda piscina de pensión completa a exponernos a un mundo donde cientos de estímulos llegan a nosotros a través de los sentidos.

Sólo hace falta observar a los bebés. Su insaciable curiosidad por lo que les rodea y su desconocimiento del peligro los convierte en unos intrépidos exploradores. Parece que, en su caso, el escáner bucal es su principal herramienta.

Otro cambio vital que potencia la curiosidad es cuando tomamos consciencia de nosotros mismos y nos empezamos a preguntar qué nos rodea y de qué manera estamos conectados con ello. La curiosidad pone en marcha el motor de la interacción con las personas y la naturaleza.

La curiosidad puede venir fomentada por la búsqueda de certezas, de nuevas metas que nos ayuden a comprender el mundo en el qué vivimos y nos permitan sentirnos más integrados en él. No obstante, es importante partir de la base de qué no tendremos respuesta para muchas de esas preguntas. Lo estimulante, en ese caso, será mantener vivo el intercambio de ideas.

Como todo, la curiosidad también tiene su propia lucha por sobrevivir. A medida que crecemos, diferentes obstáculos se interponen en el camino, aplacándola e incluso llegando a ridiculizarla.
El obstáculo más común al que debe hacerle frente es el conformismo. La curiosidad nos mantiene vivos, y el darlo todo por sentado, para ella, es dejarla sin agua con la que hidratarse. El cuestionamiento sería el héroe que viene al rescate, quien permite que siga brotando agua del manantial.

Otro gran obstáculo es el miedo. Nos aferramos a nuestras creencias tanto como las hojas a las ramas en los últimos días de otoño. El miedo a que una pregunta determinada ponga de manifiesto mi desconocimiento, o peor aún, que con ella mi percepción y mi manera de entender el mundo se tambalee y caiga como haría una torre de Jenga. ¿Por qué querría uno pasar por eso, con lo que le ha costado construirla?

Por una simple razón: el descubrir que puede haber otra manera de colocar las piezas.

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