Esferas de nieve

Siempre llevaba gafas oscuras. En 20 años conviviendo en la misma comunidad, no sabía cómo sonaba su voz. El vecino del ático era alguien huraño y escurridizo. En su placa del buzón no había nombre alguno. Cada vez que coincidían en el ascensor, Júpiter, el perro de Juan, le ladraba descontrolado. Había muchas cosas que inquietaban a Juan a cerca del hombre que vivía sobre su techo, pero la que más, con diferencia, era no haber visto sus ojos desde que tenía memoria.

Aquella mañana Juan subió a recoger la ropa del terrado. Se avecinaba tormenta. Guardó todo rápidamente en la cesta y se dirigió hacia las escaleras cuando un gato blanco se interpuso en su camino. Este bajó las escaleras a toda prisa, moviendo la cola de lado a lado. Juan se preguntó de dónde había salido. No recordaba que ninguno de sus vecinos tuviera un gato blanco. Bajó un par de peldaños más y fue a parar al rellano del ático. En él sólo había una puerta, negra y agrietada. Estaba entreabierta. Juan oyó un tintineo. Parecía cristal. El gato se coló por la ranura hacia su interior. Juan se quedó parado, sin saber que hacer. Quiso avisar al vecino de que un gato había entrado, pero cuando busco el timbre, no había rastro de él. Tras un breve periodo de indecisión, dejó la cesta de la colada en el rellano y se adentró en la casa. Estaba todo oscuro, y sólo una tenue vela en el rincón del comedor iluminaba la estancia, llena de baúles y de cajas que se amontonaban hasta el techo. Juan habló en un leve susurro para que se supiera de su presencia. Nadie respondió. Alzó el tono, tembloroso, intentando encontrar un ápice de seguridad en su voz. De nuevo, no hubo respuesta alguna. El gato siguió por el pasillo. Parecía saber a donde iba. Juan decidió seguirle. El ruido de los cristales se acentuó. La segunda puerta a la derecha estaba entreabierta y de ella salía una luz blanca. Pasó por al lado y una corriente de aire frío le rozó, mientras vio como el gato se adentraba en ella. Quiso hablar de nuevo, pero cuando entró en la habitación se quedó sin palabras: estaba llena de estanterías con esferas de nieve. Había de todos los tamaños y formas y ninguna tenía el mismo contenido. En algunas había edificios altos y abarrotados, otras contenían pequeñas aldeas, estaciones de tren, barcos, bosques repletos de animales, todas ellas inundadas por ligeros copos de nieve cubriéndolas con delicadeza. A Juan le pareció un espectáculo precioso. Por un momento, incluso, olvidó la razón que le había llevado hasta ahí. De repente, se dio cuenta de que algo iba mal: el gato había desaparecido. Una gélida sensación le invadió el cuerpo, apretándole la boca del estómago con fuerza. La visión pasó de ser algo hermoso a algo tenebroso: las figuras que construían esos diminutos mundos empezaron a moverse y picaron con fuerza el cristal de la esfera que les cubría. Eran tan minúsculos que no se podían oír sus súplicas, hasta que, en una de las esferas, que contenía una cabaña en medio de un bosque donde la nieve cubría hasta el ventanal, una mujer con un abrigo rojo escribió en la nieve un claro mensaje: AYÚDANOS A SALIR DE AQUÍ. La mujer se pegó al cristal y picó con fuerza una y otra vez. Juan, paralizado, se dio cuenta de que una niña se escondía detrás de ella, invadida por el miedo. La niña alzó la vista hacia Juan y se puso pálida como la cera mientras levantaba temblorosa el dedo índice. La madre, al ver hacia donde apuntaba, la cogió en brazos y se metió con ella de nuevo en la cabaña tan rápido como pudo.

Juan notó una presencia a sus espaldas y se giró sobresaltado. Un hombre de piel cetrina clavó su mirada en él. No tenía iris y su pupila era blanca. Miles de líneas rojizas cruzaban sus ojos en todas direcciones. Estiró el brazo y cubrió la boca de Juan. Quiso gritar, pero la mano le aprisionaba con fuerza. En la otra mano sostenía una jeringuilla con un líquido negro que acercó a los ojos de Juan. Notó la jeringuilla a escasos milímetros de su córnea. Nunca había sentido tanto terror. “¡NOOOO!” consiguió gritar al fin. Se despertó empapado. Tenía la respiración agitada y más sed que nunca. Lo primero que hizo fue llevarse las manos a los ojos. Estaban bien, veía con nitidez. Se sintió aliviado. Miró por la ventana, estaba amaneciendo. Alguien llamó a la puerta de la habitación con insistencia. Era su madre. Su grito se había oído por todo el piso. Trató de acercarse a él para sentarse junto a su cama y tranquilizarlo. Dio unos pasos hacia delante, pero algo le impidió seguir avanzado. Una enorme esfera de cristal cubría la cama de Juan. Un goteo empezó a mojar sus sábanas. Miró hacia el techo. Era nieve.

 

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